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lunes, 28 de noviembre de 2011

El ladrón de morfina, según José Alberto Arias


Hacía tiempo que no me enamoraba de un libro. Comencé a leer esta novela porque conozco a Mario, ya había leído Boxeo sobre hielo, su primera novela publicada, y en su momento me dejó muy convencido. Así, hasta ahora no he podido (por tiempo principalmente) leer su segunda incursión en la novela.
De entrada, Cuenca Sandoval llega a una nueva editorial, 451 editores, tras su paso por Berenice, y lo hace con fuerza. Mario nos lleva a la guerra, pero también nos lleva a la poesía, a la literatura.
Partamos de una ficción metaliteraria: Mario Cuenca Sandoval es sólo el traductor de esta novela, Le voleur de morphine, escrita por un tal Samuel Kurt Caplan, escritor y veterano de la guerra coreana. Por tanto, el narrador ha vivido la guerra, pero la transforma en la poesía de la que antes hablaba.
El ladrón de morfina es un triángulo con tres vértices principales, tres personajes a cada cual más extraño: el colombiano Wilson Reyes, el americano Flaco Bentley y el teniente Caplan. Los tres viven la guerra a su modo, y entre todos se dibuja la figura de un cuarto personaje, esbozo de todo lo que significa esa guerra: el ladrón de morfina.
Partimos, pues, de un terreno peliagudo y árido como es la guerra, pero tanto los personajes como Caplan, el narrador, ofrecen una visión alternativa de los horrores de la guerra, a veces desdibujada, las más alucinada por la droga, el alcohol o la fiebre. Droga y enfermedad, dos mapas para que el hombre sobreviva a la guerra.
Las obsesiones de un personaje se convierten en las obsesiones de los demás, ya que cada uno adopta la piel del otro y viceversa en este juego perverso donde tienen cabida prostitución, pederastia y otros fantasmas del ser humano. Junto a estos personajes se dan cabida mil vidas, unas a kilómetros de distancia, otras dentro, otras en la misma habitación o en otro tiempo, vidas que acaban de conformar el mosaico de horrores y errores humanos.
Como digo, cabe destacar la mirada poética que arroja al mundo Cuenca Sandoval, como si la forma y el fondo debieran tener necesariamente este contraste. Mientras leía, no podía sino pensar en otro autor que juega con el lenguaje y la filosofía en todas sus obras: Ricardo Menéndez Salmón. También, cómo no, por la estructura cinematográfica del relato, con escenas aisladas de cada hilo que se suceden in crescendo hasta un desenlace donde sólo podemos esperar, como lectores, la muerte. Aunque los ángeles no pueden morir.
Las citas de la novela se encuentran al final, no al principio, y abarcan desde el cine antibélico de Malick hasta una canción de los siempre alucinados Radiohead. Se encuentra ahí también, cómo no, Conrad (¿acaso alguien pensó que el nombre del narrador era casual?), aunque la literatura que sobrevuela todo el relato es la del maestro gótico de Boston. "El entierro prematuro" y "La herencia del Señor Valdemar" son dos hilos en torno a los cuales planea toda la narración.
En definitiva, El ladrón de morfina supone la total consagración como narrador de Mario Cuenca Sandoval, una novela donde confluyen lo mejor y lo peor, la literatura y la vida, la distorsión con la que el hombre trata de aprehender el mundo.
Así empieza...