lunes, 28 de noviembre de 2011

El ladrón de morfina, según José Alberto Arias


Hacía tiempo que no me enamoraba de un libro. Comencé a leer esta novela porque conozco a Mario, ya había leído Boxeo sobre hielo, su primera novela publicada, y en su momento me dejó muy convencido. Así, hasta ahora no he podido (por tiempo principalmente) leer su segunda incursión en la novela.
De entrada, Cuenca Sandoval llega a una nueva editorial, 451 editores, tras su paso por Berenice, y lo hace con fuerza. Mario nos lleva a la guerra, pero también nos lleva a la poesía, a la literatura.
Partamos de una ficción metaliteraria: Mario Cuenca Sandoval es sólo el traductor de esta novela, Le voleur de morphine, escrita por un tal Samuel Kurt Caplan, escritor y veterano de la guerra coreana. Por tanto, el narrador ha vivido la guerra, pero la transforma en la poesía de la que antes hablaba.
El ladrón de morfina es un triángulo con tres vértices principales, tres personajes a cada cual más extraño: el colombiano Wilson Reyes, el americano Flaco Bentley y el teniente Caplan. Los tres viven la guerra a su modo, y entre todos se dibuja la figura de un cuarto personaje, esbozo de todo lo que significa esa guerra: el ladrón de morfina.
Partimos, pues, de un terreno peliagudo y árido como es la guerra, pero tanto los personajes como Caplan, el narrador, ofrecen una visión alternativa de los horrores de la guerra, a veces desdibujada, las más alucinada por la droga, el alcohol o la fiebre. Droga y enfermedad, dos mapas para que el hombre sobreviva a la guerra.
Las obsesiones de un personaje se convierten en las obsesiones de los demás, ya que cada uno adopta la piel del otro y viceversa en este juego perverso donde tienen cabida prostitución, pederastia y otros fantasmas del ser humano. Junto a estos personajes se dan cabida mil vidas, unas a kilómetros de distancia, otras dentro, otras en la misma habitación o en otro tiempo, vidas que acaban de conformar el mosaico de horrores y errores humanos.
Como digo, cabe destacar la mirada poética que arroja al mundo Cuenca Sandoval, como si la forma y el fondo debieran tener necesariamente este contraste. Mientras leía, no podía sino pensar en otro autor que juega con el lenguaje y la filosofía en todas sus obras: Ricardo Menéndez Salmón. También, cómo no, por la estructura cinematográfica del relato, con escenas aisladas de cada hilo que se suceden in crescendo hasta un desenlace donde sólo podemos esperar, como lectores, la muerte. Aunque los ángeles no pueden morir.
Las citas de la novela se encuentran al final, no al principio, y abarcan desde el cine antibélico de Malick hasta una canción de los siempre alucinados Radiohead. Se encuentra ahí también, cómo no, Conrad (¿acaso alguien pensó que el nombre del narrador era casual?), aunque la literatura que sobrevuela todo el relato es la del maestro gótico de Boston. "El entierro prematuro" y "La herencia del Señor Valdemar" son dos hilos en torno a los cuales planea toda la narración.
En definitiva, El ladrón de morfina supone la total consagración como narrador de Mario Cuenca Sandoval, una novela donde confluyen lo mejor y lo peor, la literatura y la vida, la distorsión con la que el hombre trata de aprehender el mundo.
Así empieza...

domingo, 23 de octubre de 2011

Le Voleur de Morphine


Cubierta de la edición francesa de El ladrón de morfina. Publica Passage du Nord-Ouest. Traduce Isabelle Gugnon. Disponible a partir del 5 de enero de 2012.

jueves, 21 de abril de 2011

El ladrón de morfina, según Ariadna G. García


Del blog Latormentaneunvaso

En el año 2006 la editorial Berenice, que tiene el gusto y el acierto de apostar por autores, a su vez, arriesgados, periféricos e innovadores, publicaba la primera novela de un narrador nato, de un amante de la literatura que escoge, con delicadeza e intuición, las mejores imágenes de su productiva cosecha para ofrecernos libros evocadores, reflexivos y de gran belleza plástica. Mario Cuenca Sandoval se estrenaba en el arte de la prosa con Boxeo sobre hielo, una novela a trazos, a golpes de escritura que impactan en el cuerpo de la historia de sus protagonistas dejando moratones en las páginas, es decir, pequeñas extensiones de amargura, frustración y desencanto. Ya en aquel libro, Cuenca trataba algunas obsesiones que aparecen en su última obra: la violencia, el uso de narcóticos, la pederastia, el sueño; y nos mostraba una forma distinta de relatar, variando las voces, las perspectivas, ramificando las tramas, simultaneando las coordenadas del espacio-tiempo, en la estela, entre otros volúmenes, de Señas de identidad, de Juan Goytisolo. La novela, que narra a ganchos, a directos, la vida de Miguel, El Loco, Larretxi (un violento y laureado boxeador de los años 60), de su esposa (una famosa y anárquica pianista) y del hijo de ambos, obtuvo el Premio Andalucía Joven de Narrativa, compuesto por Javier Hernández, Eduardo Jordá e Hipólito G. Navarro.
En Boxeo sobre hielo los distintos narradores dan musculatura discursiva a personajes fronterizos, complejos, hundidos o encumbrados por la dura relatividad de una mirada, de su lente plana, cóncava o convexa. Llama la atención, también, el cuidadoso empleo de las imágenes, que, como boyas en el mar, iluminan la obra, son como fogonazos que nos alertan de un motivo que requiere meditación y análisis: “Nuestro explorador estaba persuadido de la existencia de primitivas vías abiertas en los mares. Pero el agua arrasa siempre los surcos que los hombres dibujan. A diferencia del recorrido terrestre, la navegación no deja huellas. La espuma oceánica se las lleva a una forma suprema del olvido que se agazapa en el fondo de las aguas” (pág. 45).
En el espléndido Ladrón de morfina, Mario Cuenca Sandoval endulza este lenguaje poético, en violento contraste con el trasfondo bélico del libro. No en vano, el autor es, además, un distinguido poeta galardonado con premios: el Surcos, por Todos los miedos (2005); y el Vicente Nuñez, por El libro de los hundidos (2006). Valga como ejemplo cuando el narrador, a propósito de la obsesión por la caducidad y por las excepciones en la naturaleza que padece Wilson A. Bantley, soldado raso del ejército de los EEUU durante la Guerra de Corea, escribe sobre la nieve: “Le duele tanta belleza desperdiciada […] No es el primer hombre que se ha sentido así, perplejo ante la fugacidad de las cosas, perplejo ante el carácter único y evanescente de cada uno de esos copos de nieve […] Dios debe de invertir buena parte de la eternidad en el diseño de estos minúsculos regalos silenciosos […] Todos tienen la forma de una estrella de seis puntas. Incluso Dios se pliega a un patrón, porque la ley natural les ordena a todos ser iguales y ser distintos al mismo tiempo” (Págs. 170-172). Las novelas de Cuenca Sandoval, como esos cristales de frío, son en parte gemelas y en parte diferentes.
El Ladrón de morfina, al igual que El Quijote, remota el tópico literario del manuscrito encontrado. La autoría de la obra se atribuye a Samuel Kurt Kaplan, veterano de la guerra coreana. El libro se estructura en función de sus personajes protagonistas (el Flaco Bantley, el matrimonio Goh, Wilson Reyes y el teniente Caplan) y tiene cinco partes que no son, sin embargo, compartimentos estancos, sino que están trenzadas. El libro, en ocasiones, establece un diálogo meta-literario con algunos relatos de Edgar Allan Poe, en concreto, con dos: El extraño caso del Señor Valdemar y El entierro prematuro. Cuenca establece un par de niveles de conciencia en la mente de sus criaturas: la conciencia normal y la vigilia, ya sea inducida por el uso de drogas (marihuana, opio, morfina, alcohol) o por una patología de las que produce la guerra (estupor, terror, fiebre). Esta fascinación por el buceo introspectivo permite a Mario Cuenca acceder a la pulpa del inconsciente humano, a los recovecos de la personalidad, al límite acuoso entre la vida y la muerte. En cierto sentido, el Ladrón de morfina no dista demasiado de la película Cisne negro.
Escrito con una prosa ágil y de alta capacidad evocadora, el libro recoge la experiencia militar de varios soldados, todos ellos singulares, extraños invitados a una guerra que habrá de confundirlos, de enajenarlos, hasta olvidar sus nombres; y de una humilde y compasiva familia coreana, a la que el napalm no ha arrasado la grandeza de corazón ni la caridad.
Mario Cuenca Sandoval ha escrito un impecable libro de acción bélica, rasgado por una fina aguja de lirismo. La edición de 451 es preciosa e incluye varias ilustraciones impactantes. Esperemos que Mario finalice pronto su tercera novela. Hasta entonces habrá que conformarse con releer fragmentos, pero qué fragmentos: “Había que detener la hemorragia. Había que detener el derrame del ángel. Había que rasgarse el pantalón y usarlo como venda. La vida era líquida. La vida goteaba sobre la nieve. Vio su vida goteando sobre la nieve y pensó que no era suya, que no podía serlo” (Pág. 72).

lunes, 21 de febrero de 2011

El ladrón de morfina en el blog Irreverentes


CONTINUUM CARNAVAL: Y ahora tengo mono de morfina
por Mac Inculking




Todo viene porque he terminado la novela titulada El ladrón de morfina.
Y me han gustado mucho los tres: Mario, Cuenca y Sandoval.

Quiero decir que a ciencia cierta no sé bien quién lo ha escrito, y eso es algo que debería quedar claro, para lo bueno y para lo malo, y para la SGAE. Resulta que cuando abres la primera página te dice, además, que es una traducción, que el libro está escrito por otro, un americano de Vermont, Nueva Inglaterra, que le tuvo ley a la guerra de Corea, y a los dibujos en Ascii, y que no se sabe qué buscaba en Colombia, donde vino a morir, y que a su vez pudo haber sido descendiente de otro que se llamaba como él, Caplan, pero de mote Copo de nieve (aunque no era una oveja), y que se pasó la vida entera echándole fotos a sus homónimos para comprobar que no había ninguno repetido, y confirmó al final que no, lo mismo que el otro Caplan, el de la guerra, se confundía de coreanos comunistas, seguramente distintos, pero que se repetían y repetían en oleadas sucesivas, como si siempre fueran los mismos. Pero no.

El siguiente lío en que uno se ve es el de los personajes. Que también son tres, como Mario, Cuenca y Sandoval, pero sin llegar a constituir grupo cómico, porque aquí, en la guerra y en el libro, nada es cómico. Que podría haberlo sido.
Estos son los tres: el flaco Bentley es un granjero idiota de Vermont, Nueva Inglaterra (les suena ya, seguro), que no sabe más que de patatas y de asesinatos de pulgones; Wilson Reyes es colombiano, pero alto como un cíclope y pelirrojo, o sea, como todos los colombianos; el último es el teniente Caplan, militar experto en dibujar tanques con equis y rayas y ceros de su máquina de escribir. Tres eran tres en medio de la guerra, pero ninguno muy ducho en eso que (suponemos) es la guerra como dios manda. Parecería el arranque de una historia desopilante a la berlanguiana, un artefacto entre esperpéntico y lúdico para poner en solfa el digno arte de la guerra, con su mala prensa y sus millones de atropellos. Pero no.


La cosa se complica cuando empiezan a aparecer diversas escenas que no se desarrollan en Corea, ni en guerra ninguna, ni en Colombia, ni en el Chichinabo ni en Potatoes fields forever. El libro también habla mucho de morfina. Demasiado para estos tiempos de fiebre neocón. Todos los soldados en el frente llevan un pack de dos tubos cargados y listos para aplicar. Pero el ladrón prometido no aparece aún. Luego el libro habla de aquel investigador americano de un pueblo de Vermont, Nueva Inglaterra, que se hizo viejo eremita de los copos, y los fotografió por miles, y tuvo el reconocimiento que cabía esperar de su labor de toda una vida: o sea, ninguno. Y se habla de una parejita de coreanos venerables que son la familia Goh, y de su nieto, y de los tugurios de la ciudad donde se ofrecen cuerpos tiernos a buen precio y por horas. Y sobre todo se habla de Poe, ¡cómo se habla de Poe! Se habla y se vuelve a hablar, tanto que en un momento dado uno se pregunta si acaso no será Poe el cuarto autor, o si en un último giro inesperado Poe se revelará como el auténtico ladrón de morfina, y nos saciará la sed de saber. Pero no.

Y sepan que yo no voy a resolverles ninguno de estos enigmas tan afectos al número tres. De lo que yo quiero hablarles es del efecto morfina, pura y simplemente, de esa experiencia que guarda la novela para una mente debidamente predispuesta. El efecto se muestra desde el principio en una historia que empieza así:


El Flaco, cayendo a través de la noche, cayendo en oblicuo como una jabalina que va rasgando la oscuridad, miraba a su alrededor como hipnotizado por los brillos de las detonaciones y del fuego antiaéreo y por el estrépito del viento en los oídos, y le parecía que aquella constelación de ruidos tenía un sentido intencionado, le parecía pura música, una partitura en la que las explosiones hacían las veces de la percusión.


Una historia que arranca en una caída desde el cielo, en la que la terrible experiencia de la guerra es música, y eso, me parece a mí, es una imagen muy desconcertante. Sí, ha empezado todo. Las imágenes desde esa primera línea son así, siempre: inesperadas. A veces son demoledoras, a veces de una ternura no apta para paladares toscos. Y la novela toda multiplica página a página su efecto desconcertante, su atracción taumatúrgica, hasta que va engullendo al lector y acaba poniéndolo ahí, en medio de una experiencia extraña, impredecible, dolorosa y sin embargo, fascinante. Es la guerra. Pero es también la vida. Y el amor. Y el absurdo. Observen que la novela acaba así:

Un mundo en el que la belleza es veneno y los venenos pueden salvarte. El mundo está al revés, pensamos. Al mundo le han dado la vuelta, pensamos. Y luego seguimos descendiendo la ladera, camino del mar, o camino de otras perplejidades.


O sea, que cuando estamos a punto de abandonar la experiencia, nos encontramos con que la novela le ha dado la vuelta a todo. Ahora que hemos visto el mundo desde dentro de la narración, entendemos que las perplejidades nos acompañarán siempre. Es un cierre redondo, como se ve, en acabado retruécano: si al principio cae el soldado, y la guerra (lo artificial) le parece música, ahora cae ladera abajo el teniente y entiende que la belleza (la naturaleza) ha sido la muerte. Así de bien explicado.

Lo que queda entre un extremo y el otro, apenas 200 páginas de un abigarramiento intelectual y sensual que aturde, eso es el efecto morfina.

Provoca posteriormente estados carenciales conocidos vulgarmente con el nombre de mono, pero no les aconsejo dejar de probarlo.

Todavía no está prohibido.





El ladrón de morfina, de Mario Cuenca Sandoval (Eds. 451, 2010) ha sido elegida como una de las 10 mejores novelas del año por la revista Quimera. Creo que se quedan cortos.

lunes, 17 de enero de 2011

El ladrón de morfina, según Jorge Díaz Martínez



del blog Strip Garden Poetry

"Todavía me queda menos de un tercio de libro, y no tengo ninguna prisa por acabar de leerlo. Hace tiempo que me libré de ese vicio infantil que devoraba novelas con ansiosa fruición hasta arrancarle el silencio a su última y orgásmica hoja. Ya sabéis de lo que hablo, cuando la novela era buena, después de ese punto y final sucedía una inevitable mezcla de satisfacción y, bueno, melancolía: la de saber que no podríamos volver a revivir el disfrute ingenuo y primitivo de la lectura virgen. Un temor parecido es el que me hace ahora espaciar la lectura de El ladrón de morfina y alternarlo inevitablemente con otras lecturas -otra sarna con gusto de la que jamás me libraré- o retrasar su avance en las franjas vacías de la agenda cotidiana. Y no porque tema su colofón. A estas alturas ya intuyo que ésta es una de esas rayuelas que no tiene final, precisamente porque su adicción no reside tanto en la anécdota -a pesar de la elegante administración del suspense con que nos deleita Mario Cuenca Sandoval- como en el vaho que empaña la retina de sus protagonistas. Ese cristal fotográfico, opiáceo y subterráneo. Esa conjunción de rojo, blanco y negro, que da la nieve, la sangre y la amapola. La certeza de que nuestros humores se derriten y es una locura -bella, pero locura- intentar rescatarlos mediante obturadores o teclados, de que la verdad planea entre la imaginación y la materia sin hacer en ningún árbol su nido.
No hace mucho, a propósito de un reportaje, el autor bromeaba sobre su inclusión en una lista de autores nocilleros. La verdad es que no tengo muy fresca la lectura de Nocilla dream, pero puestos a buscar afinidades algunas saltan a la vista: ambas juegan a la oca con las elipsis engarzadas, ambas revuelven el puzzle caleidoscópico, ambas comparten un marco global y más o menos contemporáneo, ambas destripan el monólogo interior de sus protagonistas, lo condimentan y lo confunden exquisitamente. Yo apreciaría, además, el gusto por un tempo moderato y el enciclopedismo tanto cientificista como pop. Y también la transparencia narratológica. Vamos, que sí. Pero también diferencias, en El ladrón de morfina hay menos disgregación y menos trama, y es en esa mayor saturación de la sustancia donde se hace posible espesar, ahondar, embriagarse, sumirse y suministrarse cuantas dosis apetezcan a nuestra voluntad. Yo lo consumo con moderación, como buen gourmet.

lunes, 27 de diciembre de 2010

El ladrón de morfina, según Luis Gámez


Cayendo en paracaídas sobre Mario Cuenca Sandoval

(una aproximación oblicua a El ladrón de morfina)


Revista Quimera, diciembre de 2010


Guerra, tiempo, realidad, ficción


El ladrón de morfina, ha declarado su autor, no es una novela sobre la guerra; es una novela en la guerra. De hecho, es una novela sobre la guerra, en la guerra y por debajo de ella. Un tipo especial de relato bélico. La guerra se torna escenario simbólico, pretexto para el texto (piensen en Arco Iris de gravedad, Los pichiciegos o Soldados de Salamina).

¿Por qué Corea? En nuestro país las referencias más cercanas a este conflicto serían MASH, la película de Altman basada en la novela de Hooker y la posterior teleserie, y The Manchurian Candidate, novela de Condon adaptada a la gran pantalla por Frankenheimer. Ambas aproximaciones a la guerra de Corea, como demuestran sus géneros respectivos, tampoco son, exactamente, relatos bélicos. En el caso de El ladrón de morfina, el aparente anacronismo que acompaña a la imprevisible elección de lugar, se corresponde con una necesaria estrategia de enajenación, reflexiva y que empuja al lector hacia la reflexión, no sólo sobre la guerra, que también, sino sobre otros muchos temas. Una versión reciente de The Manchurian Candidate resitúa la acción en Oriente Medio. En relación con esto, Cuenca ha llegado a decir que en muchos aspectos no hubiera importado que la acción de su novela se situase en Afganistán o Vietnam.

En algún otro lugar, el autor ha llegado a declarar que el realismo es el auténtico mal de la novelística española, pero a pesar de esto podemos considerar su obra como realista. Su lenguaje lo es. Las obsesiones e inquietudes que mueven sus historias lo son.

De todos modos, esto no es relevante. MASH, la teleserie, llegó a durar más que el propio conflicto de Corea. Sin correspondencia con la realidad, supo crear su propio fluir temporal, verosímil a pesar de no adecuarse a la realidad en la que se inspiraba. En el caso de El ladrón de morfina, su verdadero autor se nos presenta como traductor, en la larga tradición del manuscrito encontrado, para permitir que el lector se enfrente al relato sin el prejuicio de la distancia.


Hielo, luz y oscuridad, arriba y abajo


En su primer libro, el poemario Todos los miedos, Cuenca titula un texto «Miedo a volverse de hielo». En su primera novela, Boxeo sobre hielo, ya en el título encontramos esa contraposición entre la fragilidad del hielo y la tensión de la lucha, y además la acción del relato comienza en la Noruega de los fiordos helados y la historia del explorador Amundsen, a la conquista del Polo Sur, adquiere gran valor en la comprensión del argumento principal. En El ladrón de morfina uno de los personajes fotografía compulsivamente copos de nieve. En Guerra del Fin del Sueño podemos leer el poema «Hielo»: «En algún lugar existe / una ciudad idéntica a la tuya / aunque esculpida en hielo / donde tu corazón refleja todas las preguntas / Una vez fuiste allí / Ahora en la claridad / de la casa demasiado encendida / comprendes / que solo fuiste dueño de la sabiduría / cuando te limitabas a mirar».

Esa misma casa, luminosa, en la que Cuenca decidió fundar su escritura, aparece en otra parte del mismo libro. «Suicide Blonde»: «Ya no seré una estrella del deseo / por haber escogido de esta manera luminosa / vivir bajo esta luz / apolínea y fatal / de la casa encendida / de la casa demasiado encendida / Aunque / por otra parte / la levedad tal vez nos salve nunca».

En El ladrón de morfina hay un símbolo perfecto de esta luz apolínea que la realidad ha prestado a la fértil imaginación del autor: una bombilla que ha permanecido encendida más de cien años. En el libro ilumina la oscuridad de un túnel en medio de la nada que es la guerra.

La estructura de la novela está relacionada con los movimientos de ascenso y caída. También esto es una constante en la obra de Cuenca. En Boxeo sobre hielo la cita inicial de Schopenhauer decía: «¿Quién puede ascender y callar?» y luego sería integrada en el relato para justificar la propia labor de escritura: «Pero cómo estructurar en un arco de sentido, o al menos en varios escalones de sentido, lo que simplemente suma experiencia y desorden. ¿Hay acaso una historia detrás de las historias? Si la hay, debiera encabezarse con una cita de Heráclito: “El camino hacia arriba y hacia abajo son el mismo camino”. No obstante, he recordado un detalle que recoge Safranski, cuando da noticia de que a los pies del monte Schneekoppe, en el cuaderno de visitas de la cabaña en que se guarecían los montañeros, se encontró la firma del joven Arthur Schopenhauer debajo del siguiente interrogante, escrito de su puño y letra: “¿Quien puede ascender y callar?”».


Droga, sueño, sexo, subconsciente


La ética de la caída y la lucidez del narrador tienen su reflejo en la visión alucinada de los personajes. En Boxeo sobre hielo el narrador se descubrirá en los límites de la enfermedad mental y uno de los personajes, al que se conoce como el Loco Larretxi, asistirá al nacimiento del Manifiesto Psiconauta. Alguien ha mencionado, en relación a El ladrón de morfina, la ascendencia de Burroughs en el tratamiento del cuerpo y sus goces, el sexo, la embriaguez, en medio del horror de la guerra. Sin embargo, el uso que Cuenca hace de la droga en su obra guarda mayor relación con las ideas de Leary o Huxley. Nunca es el fin, sino el camino que se recorre hasta un punto más allá de la realidad. Moldea esa realidad y otorga a los personajes raros momentos de extrema clarividencia, lucidez y calma. Paz en medio de la guerra.

Aquí el autor demuestra su preocupación por justificar su propia labor, su anhelo de ordenar el caos del mundo. Esto explica el empeño del fotógrafo por comprobar si no existen dos copos iguales, a pesar de la futilidad del gesto, o la creación de la identidad a través de las necesidades que el medio nos impone. Todas son imágenes de la escritura, que al fin y al cabo es una simbolización de la vida.

Especialmente significativo es el comienzo de la novela, en el que el estrépito de la guerra es percibido como música. El colmo de la intervención en la naturaleza hostil a través del orden del arte. Cayendo sobre la guerra, al Flaco Bentley «le parecía que aquella constelación de ruidos tenía un sentido intencionado, le parecía pura música, una partitura».


Poe, Conrad-Coppola, Malick


En El entierro prematuro el narrador relata su miedo a ser enterrado en vida debido a la catalepsia, enfermedad por la que sufre inesperados estados de inconsciencia. En su última obra, Cuenca ha conseguido dar un sentido nuevo a este miedo antiguo. Revelándose como un lector especialmente atento, ha identificado el núcleo de este miedo atávico para reescribirlo. La guerra es un entierro prematuro. En la guerra uno no lucha por su vida, sino para morir. En la novela se habla de las fuerzas chinas como un ejército de zombis idénticos que se reemplazan a sí mismos continuamente. Doppelganger, dobles malignos, por millares. Como en El corazón de las tinieblas, de Conrad, el personaje prematuramente enterrado, literal y metafóricamente, incapaz de huir o elevarse, se enterrará aún más profundo en la oscuridad de su propio corazón.

El personaje conradiano de Cuenca está en medio de la guerra, como el de Apocalipse Now, la adaptación de Coppola de El corazón de las tinieblas, y es aún más siniestro, determinante, si cabe. Sólo al leer la novela podrán entender hasta qué punto maneja los hilos de la trama.

En Conrad el poder devastador de la naturaleza apenas era verbalizado y Coppola prácticamente lo anuló para concentrarse en el poder devastador de la voluntad humana. Malick, que comparte con Cuenca no sólo una sensibilidad privilegiada, sino también una profunda formación filosófica, devolvió la centralidad a este conflicto de la orgullosa Naturaleza y la voluntad implacable del hombre en una película bélica, La delgada línea roja, de la que podemos decir, como de El ladrón de morfina, que la guerra apenas es el pretexto necesario.


martes, 9 de noviembre de 2010

El ladrón de morfina, según Wilhelm Kay


El hombrecito se llama Wilson A. Bentley. No es idiota. Para él, la nieve es un desperdicio, belleza malgastada por la naturaleza. Le duele tanta belleza desperdiciada. La recoge.

Mario Cuenca Sandoval, El ladrón de morfina



Si vas a la guerra, lo más terrible que te puede pasar es que, al volver, tu novia se haya convertido en una repelente jipi comeflores, que se dedique al amor libre y al folleteo por doquiera mientras tú has perdido los cojones entre chinitos. Esto no sucede en la novela que quería apuntar aquí, pero se me ha ocurrido a mí, que nunca he estado en la guerra, pero vivo en Saigón, que es parecido. De hecho, vivo encerrado con una máquina de escribir, como el Flaco Bentley, uno de los personajacos de El ladrón de morfina, la novelaca que ha escrito Mario Cuenca Sandoval. Lo primero que he pensado al abrir el libro es: ¿por qué ponen al traductor como autor? Y a partir de ahí, todo son sorpresas, piruetas del narrador y síndrome de abstinencia; el que provoca cerrar este libro antes de terminarlo. Hoy apenas he hecho caso al cerdo por culpa de El ladrón de morfina. La edición, de 451, es bella como un copo de nieve. Recuerdo El siglo de la heroína, ed. Melusina, y celebro (sin golpear las copas muy fuerte, en bajito) los opiáceos, y brindo por aquellos adictos que eran hombres. Las drogas son muy malas, excepto cuando te han disparado munición de guerra. Figurada y literalmente, en esta novela hay luz al final del túnel: un horizonte de belleza detrás de las bombas y la cortina naranja que chorrea de los aviones americanos, y una bombilla de tungsteno que dura una eternidad.

En Matadero 5, pequeñas biblias de acero acompañan a los soldados. En El ladrón de morfina, Poe. Por si nadie se había dado cuenta, POE se pronuncia igual que POW (prisoner of war).