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miércoles, 7 de julio de 2010

El monumento al éter


El ladrón de morfina, libro III, cap. 4

la ruta del éter (i)

Deja que te hable de uno de los monumentos más extraños del mundo. Se encuentra en el Public Garden de Boston, muy cerca de Carver Street, la calle en que nació Edgar Allan Poe. Para llegar hasta él, accediendo al parque por Charles Street, tienes que cruzar un puente sobre un lago. Verás barquitas con forma de cisne deslizarse sobre las aguas, rompiendo el reflejo en las aguas de las ramas de los sauces. No es difícil imaginar allí, entre tales elementos románticos, un hipotético encuentro con Poe. Una vez rebasado el puente, dejarás a tu izquierda una estatua ecuestre de George Washington y otra de Thomas Cass, lo que seguramente traiga a tu pensamiento estampas de la Guerra Civil, y, al final, te hallarás frente al único monumento del mundo erigido a una droga. Se trata del Monumento al Éter, una fuente con cuatro cabezas de leones sobre la que descansa una torre, de cuatro pilares a su vez, coronada por una escultura. Si te fijas en los relieves del pedestal, descubrirás en ellos cuatro representaciones del triunfo de la ciencia sobre el dolor: hay una alegoría encaramada sobre tubos de ensayos y retortas; otro relieve muestra a un cirujano disponiéndose a amputar la pierna de un soldado que duerme plácidamente; el tercero, no recuerdo lo que representa; el cuarto representa al ángel de la piedad, que hace descender su gracia sobre un enfermo. Pero lo más interesante del grupo es la escultura que lo corona, tan alta que casi roza las ramas de un sauce próximo: se trata de la figura del buen samaritano sosteniendo en su regazo a un joven moribundo, sus brazos y su cabeza descolgados; una composición que recuerda inevitablemente a la Piedad de Miguel Ángel.

Poe no llegó a conocer esta construcción. Varios años antes de que se proyectara siquiera, intentó suicidarse ingiriendo láudano, un derivado del opio que combinaba con alcohol habitualmente, aunque su organismo rechazó la droga y le impidió ingerir, por los vómitos, la otra mitad del frasco. Falleció un año después de este incidente, pero sospecho que hubiera adorado este rincón de Boston, una ciudad que él detestaba, y hubiera convenido en la elección del buen samaritano como metáfora de la anestesia, de la compasión, del triunfo del hombre sobre siglos de gritos inhumanos en los quirófanos. En realidad, la elección del buen samaritano como motivo principal del monumento tiene una explicación más práctica: permitía eludir a sus patrocinadores la espinosa cuestión de quién fuera el verdadero inventor del éter anestésico, una sustancia con la que se venía experimentando desde hacía décadas y que la alta burguesía de Boston acostumbraba a utilizar como divertimento en celebraciones conocidas como fiestas de éter. Sucede en este caso como con el descubrimiento de la máquina de escribir: esta es el fruto de las investigaciones, del avance por grados de más de cincuenta inventores, y no de ningún genio individual. El éter, del mismo modo, es el resultado de décadas de intuiciones, plagios, tropiezos, colaboraciones y rivalidades, lo cual podría significar que no constituye, en realidad, un verdadero descubrimiento, sino un regalo de los dioses, un mensaje del cielo. ¿No crees?

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